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El barco y la PrisiónEl barco y la Prisión a
Paola Morán Leyva
Este lugar es muy pequeño. El vaivén no me deja dormir. La humedad no me deja respirar. Conforme avanza el tiempo, hace más frío. Si hubiera escapado con los otros, no estaría aquí. Recuerdo que la batalla fue sangrienta. Una matanza tremenda para nosotros. Dos meses de sitio no los resiste cualquiera. Al final estábamos completamente desarmados y muertos de hambre. Debimos rendirnos antes. Las condiciones hubieran sido diferentes. Ahora voy rumbo a un país desconocido sin saber que pasará. Con éste son 40 días de viaje. Según nuestra velocidad, 8 nudos en promedio, dicen que dentro de 20 días estaremos llegando a nuestro destino, somos alrededor de 300 prisioneros de guerra. Hasta el momento, el único puerto que hemos tocado era una isla, la llamada Martinico. Era bella. Llena de vegetación y frutas exóticas. Por supuesto, no pude disfrutar del paisaje mucho tiempo, pues, confinado como vengo, no pude bajar libremente. Luego de subir algunos víveres debí volver a mi pocilga. No nos dejan salir a cubierta más que una vez a la semana. El resto del tiempo debo barrer y ayudar con las labores del barco, para después volver aquí. El espacio es reducido y debo compartirlo con otros siete. Soldados como yo, pelearon por la patria y son hombres de honor. ¡No lo soporto más! No soporto ese interminable platicar de la guerra, las batallas perdidas, las esperanzas de volver para combatir de nuevo. Debí escapar cuando pude. ¡Que sensación tan extraña la de convivir con un muerto! Ayer en la noche se murió el compañero número 3. Dimos aviso, pero los franceses no nos creen. Piensan que es una treta para salir del sucio camarote que nos sirve de prisión. Además había cierta algarabía por que pronto llegaremos a tierra y no querían distraerse con nosotros. No nos hicieron caso. El 3 se murió ayer. Es curioso, antes de saber que estaba muerto, todo era normal. Cuando nos dimos cuenta, el ambiente cambió. La sensación de roce con la muerte es rara. ¿Por qué cambó tanto al saber que estaba muerto? Extraña sensación. Él dormía a mi lado. Y no soportaba sus largas charlas sobre patria y esas tonterías. Sin embargo, yo era el más próximo. Me aterro sentirlo helado. Mañana seguramente lo tirarán al mar, como ya han hecho con algunos otros, pero el 3 me dolerá más. Estas horas de convivencia con el muerto me han hecho apreciarlo más que cuando estaba vivo. Por lo menos, ahora está callado. Lo insoportable de este encierro es la falta de intimidad. Debo estar con ellos todo el tiempo. Ya no puedo más. El olor de los orines se confunde con el olor de la sal del mar. Pero las voces, las voces son intolerables. La faltad de silencio me está volviendo loco. ¿Qué pasará cuando lleguemos a tierra?
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