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    Fragmentos de un discurso amoroso.

    Fragmentos de un discurso amoroso.

     

                                                                                      Es hora de llenar otra copa a la salud de la nostalgia…

     

     

    -dime una cosa: ¿la soportas para poder escribir sobre ella?

    -ojala fuese tan simple.

    -dime la verdad

    -yo no estoy escribiendo mi historia, simplemente la vivo.

    -pero algún día lo harás, te conozco.

    -no sé…

    -¡lo sabía, lo sabía!, quieres convertirla en tu personaje, es la forma de vengarte de ella.

    -te equivocas, ella es impredecible. Yo solo puedo dejarla actuar libremente.

    -bueno al menos te proporciona un nuevo material para tu libro.

     

     

     

    -se quedó a dormir contigo, ¿verdad?

    -si, ¿Por qué?

    -¿Por qué?

    -¿Tengo que darte explicaciones?

    -no -me contradigo- ó quizás sí.

     

     

     

    -tienes que ayudarme. Es cuestión de vida o muerte. No aguanto mas, dime que sabes de ella.

    -lo que todos saben. Ella ni siquiera puede ser llamada puta por que no cobra por lo que hace.

    -¿Por qué? ¿Por qué?

    -esto es ridículo. Parece como si…

    -¿Qué insinúas?

    -que en el fondo conoces perfectamente la respuesta. Desde el principio la has tenido frente a ti.

     

     

     

     

                                                                           Don quijote lee el mundo para demostrar los libros

     

    Las palabras y las cosas.

     

     

    -¿Qué hará a partir de ahora?

    -aun no lo decide. Después de lo ocurrido no tiene ganas de nada.

    -¿como?

    -no, los dos coincidimos en que es mejor que sus heridas sanen poco a poco.

    -¿los dos? Hablas como si formasen una pareja.

    -tal vez así sea

    -¿de verdad?

    -sí… de alguna manera.

    -¿ya te la cogiste?

    -a veces no es necesario que dos personas hagan el amor para que el amor se manifieste entre ellas de otras maneras…

    -o sea, que no te la has cogido.

    -por “dios”, deberías entenderlo. Con todo lo que ha pasado…

    -en definitiva, que no te la has cogido.

     

     

     

    -oye –te nombro

    -¿Qué?

    -no te conozco, y quizás no busco conocerte, pero al fin sé lo que quiero: seguirte con la esperanza, sólo con la esperanza, de algún día entreverte.

     

    Acaso por efecto del vino, por la repentina intimidad que no enlaza o por un secreto que no me concierne y del que me mantienes al margen, comienzas a llorar. Sin pensarlo dos veces me acerco a tu rostro, beso tus parpados humedecidos, luego desciendo por tus pómulos y tus mejillas hasta llegar a tus labios. Por primera vez en mucho tiempo estamos juntos. Te he recuperado.

     

    -quédate conmigo- te digo

    Me abrazas más fuerte que nunca.

    -no puedo.

    -quédate conmigo- te susurro.

    Me acaricias la cara.

    -no puedo.

    Lo intento por tercera vez, consciente de que será la última.

    -quédate conmigo –te suplico allí, en medio de la obscuridad.

    Me besas por última vez.

    -NO.

     

     

    ¿Por qué tienes la necesidad – la obligación- de concederme sin falta este mismo signo: NO?

     

    <<Señor, acuérdate, nunca debes recoger a un marroquí al que no conoces,  me dice este marroquí al que he recogido y al que no conozco>>

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